Ante la palabra literatura mucha es la gente que pone mala cara, ya que, generalmente, se asocia al aburrimiento y al estudio duro y pesado. Sin embargo, la literatura también es lectura y, por tanto, evasión e incluso diversión, aunque a muchos les parezca inverosímil. A su vez, la literatura nos permite conocer la historia ya que, en numerosas ocasiones, los autores basan sus obras en hechos reales sucedidos en el pasado o en su tiempo; por ejemplo, la sociedad reflejada en una creación literaria puede asemejarse a la real hasta el punto de regirse por las mismas normas y costumbres. Pero no nos engañemos. Cuando nos dicen “Hay que leerse La Celestina y Tirant lo Blanc” no valoramos las ventajas que conllevará la lectura de estas grandes obras de la literatura. Automáticamente pensamos “Madre mía, pero si no se entiende nada”.
Nos pasan por la cabeza pensamientos de todo tipo menos positivos. ¿Hasta cuándo va a durar este rechazo a la literatura? ¿Acaso no somos capaces de apreciar a los grandes literatos? ¿O simplemente no nos gustan las obras que nos son impuestas?
Hoy en día están apareciendo una gran cantidad de libros que captan la atención de los jóvenes y, pese a que no son obras maestras o el paradigma de la buena literatura, siguen siendo literatura y promueven la lectura. Porque, ¿qué es la literatura? Esta es definida como el arte que emplea como instrumento la palabra. ¿Acaso Stephenie Meyer no se dedica a eso? ¿Y Federico Moccia? ¿Y Jordi Serra i Fabra? Lo harán con más o menos acierto, pero todos estos autores se valen de las palabras para contar algo al lector, para hacerle llegar sus sentimientos, proporcionarle un mundo en el que pueda evadirse de la realidad que lo rodea y dejar volar su imaginación; o, simplemente, para contarles una historia.
Tal vez el problema no sea el hecho de que se obligue a leer a grandes literatos anteriores que nos pueden parecer desfasados y pesados y que hacen que aborrezcamos la literatura; tal vez el verdadero problema sea la carencia de obras actuales que nos gustan como lecturas obligatorias en escuelas e institutos. Es decir, ¿una combinación de obras coetáneas y pasadas no resultaría positiva? ¿Acaso no podríamos, de esta manera, a la vez que disfrutar haciendo una actividad obligatoria del colegio, aprender, por ejemplo, a comparar ambos tipos de obras? También se pueden hacer análisis y comentarios de obras actuales, ¿no?
No se trata de hacer leer la saga Crepúsculo que, pese a su éxito, no destaca precisamente por su correcta y elaborada escritura; pero hay muchos libros por leer de autores mundialmente reconocidos como son Arturo Pérez Reverte o Isabel Allende y no tan conocidos a nivel mundial, aunque si nacional, como Laura Gallego García. También hay obras que son consideradas excelentes, cuyos autores son estimados los mejores en su género, como por ejemplo Sir Arthur Conan Doyle y Agatha Christie en el caso de las novelas de misterio, que no son muy comunes entre las lecturas obligatorias de las escuelas.
Teniendo el amplio abanico de obras literarias que hay hoy en día y el fácil acceso a ellas, no hay excusa para no añadir nuevas lecturas obligatorias que motiven más a los alumnos a leer y disfrutar haciéndolo, a la vez que les permita asimilar el correcto uso de la lengua así como tomar conciencia de sucesos que tienen lugar en nuestro mundo actualmente, como es el caso de Cometas en el cielo de Khaled Husseini, lectura imperativa el año pasado en 4º de la ESO.







